Orza
Informe elecciones Primera Vuelta Presidencial 2026
*Imagen creada por inteligencia artificial.
En ORZA creemos que la fortaleza de la democracia depende, en buena medida, de la calidad de la información disponible para comprender cómo se configuran sus decisiones colectivas. La primera vuelta presidencial no solo define qué candidaturas avanzan a la etapa definitiva de la contienda, sino que también revela las tendencias del electorado, las correlaciones de fuerza entre proyectos políticos y las dinámicas territoriales del voto en el país.
¿Qué quieres leer?
2026 – 2029
Con ese propósito, presentamos este informe sobre los resultados de la primera vuelta presidencial de 2026. El documento ofrece una lectura del panorama político que emerge de las urnas, analizando la distribución de la votación entre candidaturas, los niveles de participación, los desempeños territoriales y las principales tendencias que marcarán la segunda vuelta. El análisis se basa en el monitoreo y la sistematización de información electoral realizados por ORZA, con base en el [X %] de mesas informadas según el boletín número [X] de la autoridad electoral, tomado como referencia para la consolidación de los datos presentados en este informe. Este documento fue elaborado con los resultados preliminares del preconteo. Los datos del preconteo son informativos y no tienen valor jurídico.
01
El ganador
Iván Cepeda Castro
Iván Cepeda Castro (Bogotá, 1962). Candidato a la Presidencia de Colombia por el Pacto Histórico para las elecciones de 2026. En primera vuelta obtuvo XXXXXX de votos, lo que representa un XX% del total de la votación. Es filósofo de la Universidad San Clemente de Ohrid de Bulgaria y especialista en derecho internacional humanitario de la Universidad Católica de Lyon.
Inició su labor pública en organizaciones de derechos humanos, donde fundó la Fundación Manuel Cepeda Vargas y lideró el Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice). En 2010 fue elegido representante a la Cámara por el Polo Democrático y desde 2014 ocupa una curul en el Senado. Durante su carrera legislativa, se ha desempeñado como facilitador en los procesos de paz del gobierno de Juan Manuel Santos con las Farc y el ELN, y actualmente es uno de los encargados de la delegación gubernamental en los diálogos con el ELN bajo la administración de Gustavo Petro. La visión de país de Iván Cepeda se centra en la consolidación de un Acuerdo Nacional que permita la transición hacia una “potencia mundial agroalimentaria” y una “Revolución Agraria” basada en la redistribución de la tierra y el fortalecimiento de la economía campesina. Su programa propone la radicalización de las reformas sociales para abordar las causas estructurales de la violencia, tales como la pobreza y la desigualdad, mediante un modelo de desarrollo sostenible y soberano. Asimismo, busca profundizar la democratización del Estado a través del “poder constituyente”, priorizando la protección de la biodiversidad, la innovación científica y la garantía de derechos fundamentales en los territorios históricamente excluidos. Como congresista, su gestión se ha centrado en la creación de leyes para la implementación de acuerdos de paz, la reforma de la fuerza pública y la restitución de tierras. Ha impulsado mociones de censura contra ministros de Defensa y ha defendido la teoría del “entrampamiento” en el caso de Jesús Santrich. En octubre de 2025, resultó ganador de la consulta interna del Pacto Histórico con 1,5 millones de votos, lo que definió su aspiración presidencial para suceder a Gustavo Petro.
MÁS BENEFICIADOS
Pobre urbanos y beneficiados de subsidios.
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MENOS BENEFICIADOS
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02
Mapa electoral
El mapa electoral de las presidenciales de 2018 y 2022 muestra una transformación profunda en la geografía política colombiana. En 2018, el entonces candidato uribista Iván Duque logró construir una hegemonía territorial sólida en el centro del país, el Eje Cafetero, Antioquia, los Santanderes y buena parte de los Llanos Orientales, ganando en 23 departamentos y consolidando un bloque conservador y de derecha muy definido. Gustavo Petro, aunque alcanzó una votación histórica para la izquierda, concentró su fortaleza en Bogotá, el Pacífico y algunas zonas periféricas como Putumayo y la Costa Caribe. Cuatro años después, el mapa evidenció una ruptura de ese predominio territorial: Petro no solo amplió sus bastiones tradicionales, sino que logró penetrar regiones intermedias y urbanas donde antes era minoritario, especialmente en el Caribe, Valle del Cauca y varios departamentos amazónicos y del sur del país. Más allá del simple cambio de ganador, el contraste entre ambos mapas refleja la transición de una elección organizada alrededor del clivaje “uribismo-antiruribismo” hacia una disputa marcada por el desgaste del establecimiento político tradicional y una demanda de cambio más transversal. En 2022, el uribismo perdió la capacidad de ordenar territorialmente el voto como lo hizo en 2018; de hecho, el espacio político que había representado Duque fue parcialmente absorbido por la candidatura antisistema de Rodolfo Hernández, quien heredó buena parte del voto conservador y anti-Petro en regiones como Antioquia, el Eje Cafetero y los Santanderes. Al mismo tiempo, Petro consolidó una coalición territorial mucho más amplia y diversa, conectando el voto de las periferias históricamente excluidas con grandes centros urbanos y sectores jóvenes movilizados tras el ciclo de protestas de 2019 y 2021, lo que terminó reconfigurando el mapa político nacional. El mapa electoral de 2026 terminó confirmando una nueva reconfiguración política del país, distinta tanto de la hegemonía uribista de 2018 como del ciclo de cambio que llevó a Gustavo Petro a la Presidencia en 2022. La izquierda logró conservar buena parte de sus bastiones en Bogotá, el Pacífico y sectores clave de la Costa Caribe, mientras la oposición se consolidó territorialmente en Antioquia, el Eje Cafetero y los Santanderes, aunque ya no bajo un liderazgo único sino fragmentada entre una derecha tradicional y una corriente más radical y antisistema que capitalizó el desgaste del gobierno y el malestar ciudadano frente a la seguridad y la economía. El resultado mostró un país dividido en tres grandes bloques políticos y territoriales: las regiones urbanas y periféricas alineadas con agendas progresistas, un núcleo conservador históricamente consolidado y un voto volátil de protesta que terminó siendo decisivo en varias zonas intermedias. Más que una elección de continuidad o ruptura absoluta, 2026 evidenció la consolidación de un sistema político mucho más fragmentado y competitivo, en el que ninguna fuerza logró imponer una hegemonía nacional clara como ocurrió en las dos elecciones presidenciales anteriores.
El candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda,logró consolidar la tendencia de su proyecto político marcando una intención de voto del 39%, de acuerdo con el ponderador de encuestas desarrollado por ORZA, una cifra que se alinea con la solidez mostrada por Gustavo Petro en 2022. El candidato cierra con un 40,34%****, lo que representaría alcanzar la ambiciosa meta de XXXX millones de votos, superando o manteniendo el éxito electoral de la izquierda en esta misma etapa hace cuatro años. Esta estabilidad en las cifras ratifica que el movimiento ha logrado retener su base electoral, enfrentando ahora el reto de sumar los apoyos necesarios para su victoria en primera vuelta. Por otro lado, la oposición en este ciclo electoral presenta una dinámica de fragmentación y crecimiento diferenciado frente al fenómeno de 2022. Mientras Abelardo de la Espriella (DLS) proyecta un 28,17% de la votación (XXX millones de votos) tras una tendencia de ajuste en el último tramo, Paloma Valencia ha mostrado un repunte considerable, alcanzando una proyección del 23,94% (XXX millones de votos). Estos datos indican que, aunque el Pacto Histórico mantiene el liderazgo con una votación superior a la obtenida por Iván Duque en su momento, la sumatoria de las fuerzas alternativas de derecha y centro-derecha plantea un escenario de competencia cerrada, dejando el desenlace en manos de la capacidad de estas figuras para unificar el voto opositor.
03
Comparación de resultados primera vuelta 2022 vs 2026
Ahora bien, estos resultados muestran la evaporación del centro político. Mientras que en 2022 el centro (también representado por Sergio Fajardo, intentó posicionarse como una alternativa de gestión racional, para 2026 ese espacio parece haber sido devorado por la lógica de bloques. El centro en Colombia sufre de una “fragilidad de la moderación”; ante una narrativa de izquierda ya institucionalizada y un populismo de derecha (encarnado en figuras como De la Espriella) que apela a las vísceras, el discurso tibio del centro se queda sin oxígeno. La gráfica muestra que el votante ya no busca un “punto medio”, sino una trinchera clara para la primera vuelta, teniendo un voto útil desde el principio, lo que convierte al centro en un espectador de una pelea de pesos pesados.
La transición entre 2022 y 2026 sugiere que la narrativa de izquierda ha logrado lo que autores como Steven Levitsky definen como la “estabilización de una coalición de base”. Al mantener un 40% sólido, la narrativa ya no es de insurgencia contra el sistema, sino de una identidad política arraigada que ha logrado encuadrar las demandas sociales dentro de la dinámica institucional nacional bajo la dinámica ricos vs pobres. Este fenómeno refleja la tesis de la “maduración de las izquierdas” en América Latina, donde el electorado deja de votar por una emoción momentánea y pasa a formar un bloque de lealtad programática que resiste el desgaste del poder. En contraste, el fenómeno de los “outsiders populistas”, representado en el crecimiento de figuras como Rodolfo Hernández en 2022, y el crecimiento de Abelardo de la Espriella en el espectro del populismo de derecha de este año demuestra una naturaleza volátil. Siguiendo a Jan-Werner Müller y sus estudios sobre el populismo, estos candidatos operan bajo la “ilusión del representante único del pueblo”, una narrativa potente pero frágil que depende de la polarización constante. Mientras que la izquierda parece haber construido un “suelo” de hormigón en sus electores, la derecha populista captura el voto del descontento, el cual es líquido por definición.
04
De las consultas a primera vuelta: cómo crecieron los candidatos?
El caso de Iván Cepeda, pasando de una consulta de 1.2 millones a un total de XXXX votos en primera, ilustra lo que Donald Horowitz (CITA) denomina “coaliciones de conveniencia” que se transforman en bloques de identidad. Este crecimiento de casi 6 veces su base inicial sugiere que la izquierda ha logrado capturar no solo a sus militantes, sino a una masa de electores no afiliados, que en el contexto colombiano serían maquinarias, que ven en este bloque una estructura nacional estable para sus intereses. En sistemas de partidos fragmentados (poner cita de Kenneth Roberts) , el elector tiende a aglutinarse en torno al polo que demuestra mayor “capacidad de gobernabilidad”, permitiendo que una consulta modesta sea solo el cimiento de una movilización masiva en la elección general. Por otro lado, los resultados de Abelardo de la Espriella XX millones sin haber pasado por consulta, frente al comportamiento de Paloma Valencia, que crece de XX en consulta a XX millones en primera vuelta, revela la tensión entre el carisma mediático y la estructura partidista. El outsider populista capitaliza el descontento de quienes no se sienten representados por las consultas tradicionales, logrando un crecimiento “líquido” pero potente. Mientras Paloma Valencia muestra un crecimiento más inercial, propio de las pocas estructuras de partidos que la apoyaron y de los votantes propios que ya tocaron su techo en la consulta, De la Espriella representa la política del espectpáculo, donde la narrativa personalista sustituye la necesidad de una base previa organizada, desafiando el orden establecido por las maquinarias tradicionales del bloque de derecha. El hecho de que el resto de los candidatos, incluyendo a Claudia López, Roy Barreras y Sergio Fajardo, no hayan logrado alcanzar siquiera el umbral del millón de votos en estos comicios, confirma la tesis de la “polarización afectiva” ( CITA de Shanto Iyengar). En este escenario, el centro político desaparece al quedar atrapado en la pinza de dos polos con narrativas de salvación o castigo. La gráfica de pesas muestran para estos candidatos líneas cortas o incluso regresivas en términos de relevancia relativa; su incapacidad para conectar la consulta con la primera vuelta demuestra que, en 2026, el electorado percibe la moderación como una falta de definición frente a un contexto nacional incierto e inestable.
05
El voto en blanco, la participación y la abstención
(Reflexión qué indica la tabla – ha subido 10 puntos porcentuales con pico de abs en 2014 – explicar ese fenómeno de 20214 – hoy, la participación está +50 y -40 como en el 2000)
Colombia mantuvo durante años una abstención estructural superior al 50%, con su punto más crítico en 2014 (60,1%), una elección marcada por baja competitividad percibida. A partir de 2018 se observa un quiebre: la participación supera por primera vez de forma consistente el umbral del 50% (54,2% y 54,8% en las dos últimas elecciones), señalando una reconfiguración del comportamiento electoral. Aun así, cerca de 45 de cada 100 ciudadanos habilitados se mantienen fuera de las urnas, lo que sigue constituyendo el principal “votante latente” del sistema. En 2026, la participación electoral debe leerse contra una serie histórica que venía mostrando una reducción gradual de la abstención, pero que tuvo en 2014 una ruptura particularmente fuerte. Hasta 2010, la participación se había mantenido cerca del 50%, con una abstención que, aunque alta, parecía empezar a ceder. Sin embargo, en la primera vuelta de la reelección de Juan Manuel Santos, la abstención llegó al 60,1%, el nivel más alto del periodo analizado, rompiendo la tendencia previa y marcando un punto de inflexión en el comportamiento electoral reciente. Ese pico no puede entenderse únicamente como desinterés ciudadano, sino como resultado de una coyuntura política en la que la reelección de Santos no logró movilizar masivamente al electorado en primera vuelta, aun cuando el país estaba entrando en una discusión decisiva sobre el proceso de paz. La elección de 2014 muestra, entonces, que la abstención en Colombia no responde solo a factores estructurales, sino también a la capacidad de cada contienda para producir sentido de urgencia electoral. En ese momento, la disputa Santos-Zuluaga todavía no se había ordenado plenamente como un plebiscito sobre la paz, lo que permitió que una parte importante del electorado permaneciera por fuera de las urnas. A partir de 2018, en cambio, la participación vuelve a superar el 50%, sugiriendo que las elecciones más polarizadas o percibidas como decisivas sí logran activar votantes que usualmente se mantienen al margen. En 2026, este dato debe cruzarse con una transformación demográfica de fondo: en la medida en que la población envejece, el electorado también cambia, y la participación futura dependerá de si ese envejecimiento refuerza la asistencia a las urnas en edades adultas o, por el contrario, aumenta la abstención en edades más avanzadas por barreras de movilidad, salud y acceso al voto.s
El universo de votantes en primera vuelta presidencial casi se ha duplicado en dos décadas, pasando de 11,2 millones en 2002 a 21,4 millones en 2022. El salto más significativo se produjo entre 2014 y 2018 (+6,4 millones), consolidando una expansión sostenida del electorado activo que refleja tanto el crecimiento del censo como una mayor movilización ciudadana. La caída puntual de 2014 rompe la tendencia ascendente y marca el piso histórico reciente, mientras que 2022 establece el techo de participación efectiva en términos absolutos.
En la primera vuelta presidencial del 25 de mayo de 2014, el voto en blanco alcanzó un nivel inusualmente alto para una elección presidencial colombiana: cerca del 6% de los votos válidos (unos 770 mil votos), frente al 1,53% de 2010, en una jornada marcada además por la abstención más alta en veinte años (59,98%). La explicación dominante no apunta a una causa única sino a una coyuntura de polarización con un electorado “huérfano”: al concentrarse la contienda en dos polos antagónicos (Santos y Zuluaga), un segmento de votantes que se sentía equidistante de ambos no encontró una opción que lo representara y canalizó ese rechazo a través del voto en blanco. A diferencia del abstencionista, el votante en blanco sí acude a las urnas y marca deliberadamente esa casilla, lo que en la investigación de García Sánchez y Cantor (2018) lo caracteriza como una persona con mayores recursos cognitivos, informacionales y de escolaridad: alguien que entiende la oferta política y, precisamente por ello, decide expresar su disenso de forma activa en vez de quedarse en casa. Conviene entonces tratar voto en blanco y abstención como fenómenos diferentes, aunque ambos suelan leerse genéricamente como “protesta”. De cara a la primera vuelta de 2026, sin embargo, la dinámica de la polarización parece operar en sentido inverso sobre el voto en blanco. La contienda del 31 de mayo de 2026 se ha descrito como una de las más polarizadas de las últimas décadas, pero con un total de XXXXX votos en blanco. La diferencia clave frente a 2014 es que esta polarización no está “expulsando” votantes hacia el voto en blanco, sino absorbiéndolos hacia los extremos: los resultados recientes mostraron un escenario donde el centro desaparece y la derecha se reconfigura, y donde la propia polarización ha provocado que el voto en blanco se reduzca, situándose en un XXX% en los recientes resultados. En otras palabras, mientras en 2014 la polarización dejó huérfano a un electorado de centro que se refugió en el voto en blanco, en 2026 la confrontación entre dos modelos de país opuestos está movilizando a ese mismo electorado a tomar partido, en buena medida por la vía del “voto útil” o del rechazo activo a un candidato, lo que comprime el espacio del voto en blanco en lugar de ampliarlo.
06
Geografía del Poder y el Declive del Centro
Costa Caribe: la fractura rural-urbana que decide la elección
En Antioquia, se confirma el escenario que las percepciones cualitativas anticiparon: una disputa real entre Paloma Valencia y Abelardo De la Espriella por la base uribista, pero con Paloma imponiéndose. La explicación está en la naturaleza misma de la maquinaria del Centro Democrático antioqueño, probablemente la más disciplinada del país, que en marzo de 2026 ya demostró su capacidad de movilización: el Centro Democrático (CD) escaló a casi 3 millones de votos nacionales con su lista cerrada, y Paloma ganó la consulta interpartidista con 3.236.286 votos, superando ampliamente a sus ocho rivales. Esa votación, lejos de ser fruto de simpatía individual, es esencialmente el voto del partido, respondiendo al endoso institucional. Por eso, en municipios como Rionegro, La Ceja, El Carmen de Viboral y los corredores del oriente cercano, donde el aparato local del CD opera con lealtad casi militante, De la Espriella estaría logrando victorias importantes en sectores como Apartadó, sectores populares del Bajo Cauca, comunas medellinenses donde el discurso antisistema cala mejor que la disciplina partidista, pero sin alcanzar a Paloma. Medellín ciudad sería más volátil que Antioquia rural: ahí la canibalización de De la Espriella sobre la base del CD se siente con más fuerza, especialmente en sectores donde la influencia de Federico Guitiérrez le quita una votación considerable al Centro Democrático.
El comportamiento de zonas en conflicto
Mientras tanto, en las periferias del país: el Pacífico (Nariño, Cauca, Chocó y Valle del Cauca), el piedemonte amazónico (Putumayo, Caquetá) y zonas del Guaviare y el Meta, Cepeda estaría obteniendo sus endoses más altos de todo el país. La proyección se apoya en una base histórica robusta: en la primera vuelta de 2022 el Valle del Cauca aportó 1.045.908 votos a Petro, Nariño 434 mil, Cauca 388 mil y Chocó 96 mil, con un crecimiento sostenido del Pacífico entre 2018 y 2022 (Chocó fue el departamento donde más creció) y un apoyo casi absoluto en territorios étnicos y rurales del suroccidente. Sobre ese piso, el Pacto sumaría en estos departamentos xxxx votos [aumento/descenso de XX % frente a 2022], sostenido por la combinación del voto víctima, la presencia organizada del movimiento, la fórmula vicepresidencial de Aída Quilcué como liderazgo nasa caucano y la fortaleza estructural del petrismo en la periferia, donde reside su mayor tracción frente a su debilidad en Antioquia y el Eje Cafetero.
A esa fotografía se suma un fenómeno que requiere análisis aparte: la presión denunciada de grupos armados en Guaviare, Meta y Caquetá condicionando el apoyo electoral, que distorsiona la lectura limpia del porcentaje de endoso en esos territorios. Esa distorsión, sin embargo, debe leerse con cautela metodológica, y aquí el Mapa de Riesgo Electoral de la MOE aporta. El primero es de magnitud: el mapa, con corte al 30 de abril de 2026, identificó 386 municipios en riesgo por factores de violencia, lo que equivale a un 34,4 % del país, de los cuales 139 en riesgo extremo, y la concentración recae justamente sobre los departamentos donde Cepeda sería más fuerte. El segundo correctivo es de interpretación, y es el más importante. En su informe a la 13ª Comisión Nacional de Seguimiento Electoral (Bogotá, 13 de mayo de 2026), la MOE concluyó que no existe correlación significativa entre el control territorial de los grupos armados ilegales y el éxito electoral de una organización política específica; de hecho, describe la ruralidad como «un escenario de disputa política plural», donde lideran el Liberal y el Conservador antes que cualquier extremo. La lectura, entonces, no es que el voto periférico de Cepeda esté manufacturado por las armas, sino que el riesgo recae sobre la integridad, la libertad del sufragio y sobre la participación efectiva.
Santander y la victoria de De la Espriella
Santander se confirma como el gran triunfo regional de De la Espriella fuera de la costa, y ese resultado estaría reconfigurando el mapa de la derecha colombiana. La explicación operativa está en el trabajo territorial que ha venido construyendo el candidato: el exalcalde de Bucaramanga, Jaime Andrés Beltrán funciona como gerente de regiones y enlace con las iglesias cristianas santandereanas, una red de movilización subestimada históricamente pero decisiva en Bucaramanga, Floridablanca, Piedecuesta y las provincias del Socorro y García Rovira. A esa operación se suma el desencanto del aguilarismo con el Centro Democrático tradicional y la migración del voto evangélico, que en 2022 fue para Rodolfo Hernández y hoy estaría dirigiéndose, mayoritariamente, hacia De la Espriella.
La elección de Quilcué se entiende mal si se lee con la métrica electoral convencional. Su capital de votos es modesto y su capacidad de transferencia fuera del bloque progresista es prácticamente nula, pero ese diagnóstico pierde el punto. Quilcué fue seleccionada para encarnar la antítesis sociológica de la fórmula rival más fuerte: una lideresa indígena Nasa frente a una Paloma Valencia que, también caucana, representa la genealogía de la clase política tradicional del departamento, históricamente cuestionada por su relación con las élites terratenientes y por episodios de racismo institucionalizado. Esta oposición es arquitectura narrativa que convierte el Cauca en un microcosmos del debate nacional sobre quién tiene derecho a hablar por Colombia. En segunda vuelta, donde la disputa se vuelve identitaria y no programática, Quilcué fija un piso ético irrenunciable que ningún ataque del bloque opositor puede erosionar sin pagar costo simbólico. Es un activo defensivo: no está calibrado para ganar votos nuevos sino para impedir que la base progresista se fugue por desencanto o por la narrativa de “Cepeda radical”. Su valor es estructural, no aritmético.
Restrepo cumple la función clásica del vicepresidente técnico en una fórmula presidencial de tono fuerte. Abelardo construyó su candidatura sobre la confrontación, la performatividad y un repertorio retórico que activa intensamente a su base pero genera resistencia en el votante mediano, especialmente en el empresariado, en gremios financieros y en profesionales urbanos que comparten el rechazo al petrismo pero desconfían del estilo del abogado. Restrepo, ex MinHacienda y ex MinComercio de Duque, traduce esa fórmula al idioma que ese segmento entiende: lectura macroeconómica, manejo presupuestal, interlocución gremial, gobernabilidad. En segunda vuelta, donde Cepeda construirá la narrativa de «Abelardo es un riesgo institucional», Restrepo es la respuesta operativa a ese ataque, pues es la prueba de que detrás del tono hay capacidad de gobierno. El costo es el pasivo Duque, que el bloque progresista explotará con datos de inflación, endeudamiento y reforma tributaria fallida. Pero ese costo es asumible, ya que el votante detractor de Duque difícilmente vota por Abelardo. Restrepo legitima la base electoral, de cara a una segunda vuelta.
Oviedo es el único de los tres candidatos vicepresidenciales con votos atribuibles a su persona en volumen significativo, pues los aproximadamente 1.2 millones de sufragios que obtuvo en la Gran Consulta son capital movilizado. Pero ese dato, tomado aisladamente, sobrevalora su aporte. La composición geográfica y sociológica de ese electorado es estrecha: predominantemente bogotano, urbano, de clase media profesional, técnico, con perfil de votante de opinión. Es exactamente el segmento al que Paloma, política con marca de partido tradicional y registro confrontacional, tiene más difícil acceder por sí sola. La fórmula es complementaria por diseño, ya que Oviedo le destraba el centro urbano que el uribismo perdió hace años. El problema es el techo. Oviedo, leído sociológicamente, encarna un perfil que en el imaginario popular colombiano se identifica como «gomelo» bogotano, de universidad privada, lenguaje técnico, distancia evidente del país popular. Esa codificación lo desactiva en el Caribe, en el Pacífico y en buena parte de la región andina popular, donde el votante antipetrista existe pero no se reconoce en ese registro cultural. En términos operativos, la dupla Paloma-Oviedo tiene alto rendimiento marginal en pocas regiones y rendimiento cero en otras. Si la segunda vuelta se decide en Bogotá y en el Eje Cafetero, Oviedo es el activo más valioso del tablero. Si se decide en el Caribe, es prácticamente irrelevante. Esta es la apuesta geográfica más arriesgada de las tres fórmulas.
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Hoja de Ruta: Aritmética de Segunda Vuelta
El primer dato que ordena la lectura de la segunda vuelta es aritmético: ninguno de los tres candidatos llega al 50% por inercia. Cepeda parte con el piso más alto (38,6% promedio entre las cinco principales encuestadoras), pero aún necesita captar más de once puntos adicionales para asegurar la presidencia. Abelardo (23,2%) y Paloma (22,5%) deben prácticamente duplicar su intención de voto, con brechas cercanas a los 27 puntos. Esta asimetría define toda la dinámica del balotaje: Cepeda compite por consolidación, sus retadores compiten por expansión acelerada en apenas tres semanas.
Toda campaña debe moverse hacia el centro de la matriz para captar al votante mediano, pero el costo del movimiento es distinto en cada caso. Cepeda parte como el más alejado del cuadrante institucional-dialogante y debe moderar tono y proyectar gobernabilidad sin perder a su base anti-establecimiento. El retador de derecha que pase enfrenta el dilema simétrico: moderarse lo suficiente para captar centro sin desactivar el voto anti-petrista que lo llevó al balotaje. La tabla de alianzas matiza este movimiento: las adhesiones no solo aportan capital electoral, también señalizan el reposicionamiento simbólico que el votante mediano lee como condición para conceder su voto.
El bolsón explícito de candidatos perdedores y voto en blanco suma aproximadamente XXXXX puntos, una cifra insuficiente para que el retador alcance el umbral incluso con una transferencia óptima. La aritmética obliga entonces a competir en dos terrenos paralelos: por un lado, la captura del votante del tercero de derecha, donde Abelardo y Paloma se canibalizan mutuamente, con transferencias asimétricas según quién pase; por otro, la movilización del abstencionista, un bolsón menos visible en encuestas pero electoralmente decisivo. La segunda vuelta no se gana solo redistribuyendo lo existente: se gana ampliando el universo movilizado
09
Conclusiones
Con la segunda vuelta ya definida entre Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, los 21 días que separan la primera vuelta del balotaje serán, en la práctica, una nueva elección. La campaña entra ahora en una fase distinta: menos ideológica y mucho más estratégica. La discusión deja de girar alrededor de múltiples candidaturas y se concentra en una disputa binaria donde cada error, cada adhesión y cada señal de gobernabilidad puede alterar el equilibrio electoral. La experiencia reciente demuestra que este período tiene capacidad real de mover la opinión pública: en 2022, más de 1,2 millones de colombianos adicionales participaron en segunda vuelta frente a la primera, confirmando que el balotaje no solo redistribuye votos, sino que amplía y redefine el electorado activo. El punto de partida favorece a Cepeda, que llega con el piso electoral más alto y con ventaja sobre su contendor. Sin embargo, esa ventaja todavía está lejos de representar una mayoría consolidada. El desafío de Cepeda será romper el techo del voto oficialista y convencer a sectores moderados que en primera vuelta optaron por alternativas distintas o evitaron alinearse con el gobierno. Para Abelardo, en cambio, la tarea será mucho más agresiva: transformar rápidamente una candidatura de oposición en una coalición mayoritaria capaz de unificar a la derecha, capturar voto de centro y canalizar el sentimiento anti-oficialista. [ESPACIO PARA DATOS — resultados de primera vuelta, diferencia entre candidatos y porcentaje de votos que queda disponible tras la eliminación de las demás candidaturas]. La clave no será únicamente cuántos votos quedan libres, sino cuáles son transferibles políticamente y cuáles podrían perderse en abstención o voto en blanco. Eso explica por qué la segunda vuelta podría terminar siendo una contienda mucho más estrecha de lo que sugiera la fotografía inicial de la primera ronda. En el balotaje, la lógica cambia completamente: desaparece la fragmentación y el electorado comienza a votar menos por afinidad y más por cálculo político, gobernabilidad o rechazo. Bajo ese escenario, la campaña deja de premiar la identidad pura y empieza a favorecer la moderación, la amplitud de alianzas y la capacidad de transmitir estabilidad.. En una elección polarizada, pequeños movimientos en participación, movilización regional o voto indeciso pueden terminar definiendo la Presidencia. Por eso, los actores que quedaron fuera de la segunda vuelta pasarán ahora al centro de la conversación política. Los votos de las candidaturas eliminadas, las estructuras regionales que las respaldan y los liderazgos de centro e independientes se convertirán en piezas críticas de negociación y reposicionamiento. [ESPACIO PARA DATOS — distribución estimada de los votos de candidatos eliminados y posibles alineamientos]. Más que transferencias automáticas, lo que estará en disputa será la capacidad de cada campaña de construir legitimidad política y ampliar su narrativa hacia electorados que hoy no le pertenecen. La segunda vuelta transforma a los candidatos derrotados en intermediarios clave de gobernabilidad y convierte cada adhesión, neutralidad o ruptura en un activo electoral decisivo.